A veces, sin embargo, pienso que de lo único que debería cuidarme de no dejar de hacer es escribir.
Voy leyendo cosas ajenas, a brincos de párrafo como hago últimamente. Hace tiempo que perdí la capacidad, quién sabe si debería decir el interés, de leer por completo lo que otros iguales que yo escriben. Encuentro en mi lectura de brinquitos palabras bellas y se me despierta un poco de emoción. Lo que yo podría hacer con todas esas palabras tan bonitas, pienso. Ya emocionada hasta me atrevo a leer algo mío. He escrito cosas bellas. Inútiles, pero bellas.
La verdad es que me da miedo quedarme demasiado callada. No tengo con quién hablar desde que se fue Carito. Con ella tampoco hablaba mucho, pero es bueno encontrar un nombre para culpar las imposibilidades, aunque siempre hayan estado ahí.
Me encanta el sonidito de las teclas cuando se escribe con rapidez, sin detenerse.
También me he dado cuenta que desde que salí de la escuela es muy poco lo que escribo a mano. Tantas horas frente a una computadora se van a llevar esa letra linda y poco intelectual que había logrado en 17 años de apuntes.
Nimiedades. Ya no sé ni lo que hablo. Hablo por hablar, escribo por escribir, porque tengo miedo a caer en un largo silencio. Si eso es posible, que no pase. Ojalá.

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